El conflicto es inherente a la naturaleza humana y la Universidad no sólo no escapa al mismo, sino que, al ser una comunidad con unas señas de identidad definidas, genera sus propias dinámicas conflictivas. La estrecha y prolongada relación diaria de personas y grupos con distintas funciones, la multiplicidad de roles asignados a sus miembros, o el carácter limitado de sus recursos, pueden ser fuente de conflictos que incidan directamente en las relaciones personales y laborales de los individuos que la componen.